LAS TRAGEDIAS QUE MARCARON SU IDENTIDAD

Terremotos, incendios, bombardeos y epidemias han marcado la historia de Valparaíso. El terremoto de 1906 dejó a su paso miles de muertes y acabó con gran parte de la ciudad. Pero no con el tesón de sus habitantes que, todavía enlutados, rehicieron su funesto Valparaíso.
       
La señorita Matilde González Carson estaba en su habitación. Faltaban cinco minutos para las ocho de la noche. Afuera una llovizna persistente invitaba a guardarse después de un día de colegio. Aun no se cambiaba a sus pijamas cuando la tierra comenzó a sacudirse. Matilde sintió el movimiento bajo sus pies. Oyó el rechinar de las paredes y el ruido de los objetos temblando hasta caer. Se asustó. Quiso salir pero la puerta estaba trabada. Se asustó más. Tomó su crucifijo con ambas manos y lo apretó contra su pecho. La convulsión se hizo más fuerte arrojándola contra el piso. Matilde rezaba entre sollozos. La única pared de la casa que se derrumbó cayó sobre su cabeza. Murió en el momento. La encontraron arrodillada a los pies de su cama con el crucifijo entre las manos.
       
El día 16 de agosto de 1906 esta historia se repitió en cada esquina de Valparaíso, con distintos protagonistas y circunstancias, pero el mismo resultado: la muerte. Una familia sentada a la mesa disfrutando su cena, un profesor de piano tomando la que sería su última lección, una madre haciendo dormir a su bebé; ninguno podía presagiar la desgracia que estaba a punto de sucederles. Fueron cuatro minutos de sacudida con dos momentos de gran intensidad. La tierra parecía querer expulsarlos a todos. Los que lograron salir de sus casas corrían despavoridos por las calles y los más controlados se resguardaban bajo los dinteles de las puertas. La ciudad estaba en tinieblas. Sólo los relámpagos iluminaban el camino mostrando las ruinas y los cuerpos tirados en el suelo. Se escuchaban gritos, risas histéricas de pánico, alaridos de desesperación, llantos de niños. Para cuando terminó el segundo gran remezón la quietud suspendió el tiempo. Todos estaban expectantes, temerosos de lo que venía. Una luz roja apareció entre la negrura del aire polvoriento. Y otra luz. Los incendios dieron un respiro a los porteños, que por fin podían ver y buscar a sus seres queridos.refugioAVBRASIL
Asentamiento temporal en Avenida Brasil
La población que sobrevivió pasó la noche en los espacios abiertos: en las plazas, los descampes de los cerros y las grandes calles, como Avenida Brasil. Estos lugares se convirtieron en la residencia provisional de muchas familias. La Plaza de la Victoria se mostraba blanca por las sábanas que hacían de carpas para los habitantes. Los más afortunados alcanzaron a refugiarse en las congregaciones religiosas, en las naves fondeadas en la bahía y en los tranvías eléctricos.
 
El panorama era aterrador. Lo que el terremoto no había derrumbado se había calcinado, en uno de los 39 incendios que le siguieron. El Barrio del Almendral – de la Plaza de la Victoria hasta el Cerro Barón- había ardido por completo. Ni una sola vivienda se salvó. Tampoco el Mercado Cardonal, el Teatro de la Victoria y la Intendencia, la Gobernación Marítima en la Plaza Sotomayor y el Muelle Fiscal en el Puerto, por mencionar algunas de las pérdidas.
 
El perjuicio humano fue el más doloroso: 3 mil muertos – sin contar a los que quedaron en estado de gravedad y fallecieron después – y más de 20 mil heridos. Pero los porteños, lejos de caer en una depresión colectiva, a menos de un mes de la catástrofe soñaban con el futuro esplendoroso de Valparaíso. En la leyenda de una ilustración de la revista Zig – Zag del 2 de septiembre se leía: Contemplando esta fantasía pictórica asistimos a la resurrección de un pueblo que se levanta lleno de soberano empuje, como al impulso de un soplo vivificante y misterioso; a un espectáculo que acaso podamos presenciar unos cinco años más tarde. Lo cierto es que ya se barajaban distintos proyectos de recuperación urbana y sólo cuatro años después, para el centenario de la emancipación de Chile, Valparaíso festejaba lleno de vida, fortalecido.
 
Juan de Dios Ugarte Yavar, en su libro de 1910, Recopilación histórica de Valparaíso, recuerdo del primer centenario nacional, escribió: Ya se ven en pie valiosos edificios, casi todas las calles ya delineadas y dentro de poco la nueva población será el orgullo de sus habitantes.
 
Quizás influyó en esta actitud progresista el que no fuera la primera vez que la ciudad se veía obligada a renacer de sus ruinas, sino la séptima. El terremoto que inauguró la serie fue el de mayo de 1647, cuando Valparaíso era una caleta de pescadores muy pequeña. No hubo víctimas humanas. Le siguió el de julio de 1730, que estuvo acompañado de una salida de mar que afectó a la Iglesia de la Merced y las pocas viviendas de El Almendral. En mayo de 1751 la población despertó de madrugada por los movimientos telúricos. Nuevamente el templo de los mercedarios fue destruido. Pero el de noviembre de 1822 sería más cruel. Terminó con la vida de 78 personas y dejó más de 100 heridos, entre los que se encontraba el Director Supremo de Chile Bernando O’ Higgins, de visita en Valparaíso y quien por poco es aplastado por una de las paredes de la Casa de Gobierno. Sólo 29 años después la tierra daría su quinto azote, el dos de abril de 1851 a las siete de la mañana. Se derrumbaron algunos edificios entre los que estaba – otra vez – la Iglesia de la Merced. En marzo de 1896 el terremoto vino de noche y hubo pérdidas de mercaderías en las casas comerciales, ya  comunes en la ciudad. Pero ninguno fue tan terrible como el de 1906.
 
Como si fuera poco, no sólo sismos ha sufrido el Puerto. El 15 de marzo de 1843 se produjo un incendio que destruyó casi completamente el barrio comercial. Aún no existía el Cuerpo de Bomberos, por lo que fue la ayuda de los buques extranjeros la que detuvo el siniestro. Y todo empezó porque un muchacho jugaba a torturar con una vela a una rata entrampada. La vela cayó cerca de unos barriles de brea y el resto es historia.
 
inundacionTRAGEDIA
La calle Condell inundadaEl 15 de diciembre de 1850 otro incendio ilumina la bahía. Esta vez arrasa con la edificación de la Calle del Cabo, hoy Esmeralda.  Tras este segundo gran incendio en la ciudad, se tomó la decisión de formar el Cuerpo de Bomberos.
 
Dieciséis años después, Valparaíso ardería de nuevo; esta vez no por accidente. El 31 de marzo de 1866 los españoles, en guerra con los chilenos, ya planeaban su retirada, pero antes se aseguraron de ser recordados. Durante tres horas 2600 bombas y granadas fueron disparadas hacia los puntos más significativos de la ciudad: la Intendencia, los almacenes de la Aduana, la Bolsa de Comercio y la línea del ferrocarril. La tierra quemada, Alimapu, hizo honor a su nombre.
 
No satisfecho el destino con tanta desgracia sobre Valparaíso, el 11 de agosto de 1888 corrió con violencia quebrada abajo, entre los Cerros San Juan de Dios y Yungay, un mar de agua que el ciudadano Nicolás Mena tenía almacenada en su tranque personal, unas ocho cuadras más arriba del Camino de Cintura. Las autoridades le habían advertido sobre los peligros de su represa, más hizo caso omiso y la fue ensanchando de a poco hasta que se derrumbó el muro de contención. Una ola roja de fango gredoso se precipitó cuesta abajo arrastrando desde troncos hasta personas. Pasó por las calles Yungay, Bellavista y Condell, destruyendo casas y comercios, incluso dejando víctimas fatales. La gente pensaba que se había salido el mar, pero fue lo que después se conocería como “la catástrofe del Tranque Mena”.
 
Las condiciones poco higiénicas en que vivía la población, sobre todo la de escasos recursos, hacían de Valparaíso un blanco fácil para las pandemias. La falta de agua potable, de un sistema de alcantarillado, la acumulación de basura y el hacinamiento en que vivían las familias en los conventillos eran excelentes condiciones para enfermarse. En 1887 hubo una epidemia de cólera que vino desde Quintero. Se hicieron “cuarentenas terrestres”, con soldados que no dejaban pasar a los transeúntes que iban hacia Valparaíso, hasta chequear que no estuvieran contagiados. De igual manera la enfermedad terminó con 2.079 vidas en el Puerto.
 
Esa no era la primera crisis infecciosa de Valparaíso; de hecho, en 1831 y 1832 había sido la escarlatina la que causó estragos. Tampoco sería la última. En 1905, un año antes del gran terremoto, la ciudad se vio abatida por la viruela. Los hospitales no daban abasto y sólo había cuatro médicos para atender a domicilio. Una masiva vacunación – tratamiento odiado por los porteños – terminó con la epidemia. Aún así, más de mil personas fallecieron. Y justo cuando la población recuperaba su moral, el terremoto vino a confirmar su destino infausto. Valparaíso, cual Prometeo encadenado, recibiría su sino con sobriedad.
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VIDA MUSICAL EN EL VALPARAÍSO DE 1900

A fines del siglo XIX, la victoria de Chile en la Guerra del Pacífico, el comienzo del auge del salitre y el consecuente desarrollo económico,provocaron un ánimo especial que propició la realización de múltiples fiestas, recepciones y veladas en los salones familiares y espacios públicos. Hasta entonces, las actividades sociales más importantes habían sido las tertulias y saraos, muy extendidas en ciudades como Santiago, Valparaíso, La Serena y Copiapó.
En Valparaíso, los salones de las familias más importantes eran escenario de fiestas y tertulias, protagonizadas por las señoras y jovencitas de la casa. Estas daban el clima propicio para facilitar los negocios de los varones con sus invitados. Se estilaba que las damas tocaran clavicordio, violín, guitarra y arpa; pero ya en el 1900 el piano había tomado un lugar preponderante en la sociedad porteña.
Las danzas que tuvieron vigencia en los salones de la aristocracia y de la clase media eran principalmente de origen europeo: contradanzas, zamacueca, polka, habanera y vals. A comienzos del 1900 fueron cayendo en desuso lentamente e hicieron su aparición las danzas norteamericanas. Marcando un giro en el estilo llegaron el vals Boston, el one step, el foxtrot y el shimmy. También ocupó un sitio especial el tango proveniente de Argentina.teatro Victoria
El desaparecido Teatro Victoria

El puerto en su prosperidad era puerta de entrada a Chile de todo espectáculo artístico internacional. El primer Teatro Municipal de Valparaíso fue el Teatro Victoria, de los empresarios Pablo del Río y Pedro Alessandri, quienes firmaron un contrato con la Municipalidad de Valparaíso el 20 de junio de 1843. Le siguieron el Teatro Odeón y el Teatro Circo Nacional. Mario Cánepa comenta en su libro La ópera en Chile que esta era la ciudad chilena más aficionada al Bell Canto, tanto así que “aquí las compañías se salvaban de la bancarrota”, cuando no habían tenido buenas temporadas, de gira por América Latina.
La actividad artística en Valparaíso fue bastante intensa y las estudiantinas llegaron a ser muy populares. La primera estudiantina española que llegó a Chile en 1884, fue la Estudiantina Fígaro. Ramón Andreu cuenta en su libro Estudiantinas Chilenas, origen, desarrollo y vigencia 1884-1955, que a fines de 1888 se fundó en Valparaíso la Estudiantina Porteña, bajo la dirección del bandurrista español Manuel González. Sus primeras presentaciones fueron en el Teatro Victoria y las entradas se vendían en el Almacén de Música del famoso editor Carlos Brandt. Esta estudiantina llegó a tener gran fama y realizó giras por todo el país. Aunque las estudiantinas españolas estaban conformadas sólo por varones, en nuestro país existieron estudiantinas familiares, masculinas, femeninas y de organizaciones gremiales.la chilenita
La Chilenitacueca para piano y canto de Orestes Aliaga

Continuamente llegaban desde todo el mundo al puerto de Valparaíso muchos espectáculos de ópera y zarzuela; compañías de teatro, compañías líricas, cantantes extranjeros, además de espectáculos curiosos y grandes primicias, de paso en su camino a Lima o a galas especialmente organizadas. Roberto Hernández, en su libro Los primeros teatros de Valparaíso, reproduce el aviso público de invitación a una gala lírica:
“Teatro en la calle San Juan de Dios Nº 8, en la casa de los señores Cifuentes. Habiendo llegado a ésta la Compañía Lírica que se va para Lima, compuesta de las señoras Teresa Scheroni, Margarita Caravaglia, y de los señores Domingo Pezzoni y Joaquín Bettali, se proponen dar algunas representaciones en esta ciudad, antes de partir a su destino. La primera será la ópera semi – bufa El engaño feliz o El traidor descubierto, música del célebre maestro Rossini”.
En consecuencia con la intensa vida cultural que se desarrolló en Valparaíso, nacieron los Conservatorios de Música y los almacenes de instrumentos musicales y partituras. Valparaíso fue la ciudad que llegó a tener mayor número de editoriales y casas de música de Chile.

UN LARGO CAMINO PARA SER CUIDAD

La aldea olvidada del fin del mundo

El origen de Valparaíso marcaría el ritmo errático y poético que lleva hasta hoy: un lugar descubierto pero no fundado, un puerto saqueado por piratas, un pueblo originario que sólo buscaba disfrutar.
 Juan de Saavedra no podía creerlo. Tras frotarse los ojos la bahía seguía ahí. El mar se divisaba a lo lejos, luego de un valle verde, frondoso, con árboles y arroyos que descendían hasta las arenas. Mientras más se acercaba al lugar más evidente era la semejanza. Aquella pequeña caleta de pescadores lo remontaba a su pueblo natal en las lejanías de España. La bautizó Valparaíso, en honor a aquel recuerdo. Era la primavera de 1536.
 Diego de Almagro ya se encontraba en viaje de regreso al Perú, tras su accidentada expedición desde el Cuzco al fin del mundo, cuando llegó un tripulante del barco Santiaguillo, uno de los tres de su hueste, con alimentación y vestimenta para todos. Es entonces que Almagro recobra fuerzas y le ordena a su capitán alguacil, Juan de Saavedra, reconocer terreno. Podía ser la salvación: fue Valparaíso. Armaron  cuartel general allí y se enviaron expediciones por tierra y mar en dirección sur.
sanPEDROsantiaguillo
El Santiaguillo y el San Pedro, de la expedición de Diego de AlmagroEn aquellas quebradas de canelos, maitenes, bellotos, peumos y palmeras vivían los changos. Eran indios pescadores que migraban de un lugar a otro según sus necesidades, gitanos de mar, para el historiador Vicuña Mackenna. Usaban balsas de cuero de lobo en la pesca y se alimentaban de frutos silvestres. A diferencia de muchos pueblos indígenas de la zona, no conocían la guerra, eran apacibles y sumisos. Les gustaba disfrutar de la naturaleza y cuando el viento traía bajas temperaturas, reanudaban su marcha hacia lugares más cálidos. La llegada de los extraños hombres de tez blanca tampoco gatilla en ellos una actitud bélica. Convivieron españoles y changos. Ni siquiera se los convirtió al catolicismo. Quizás los españoles no alcanzaron, porque pronto Almagro y los suyos se devolverían al Perú, luego de que las expediciones al sur volvieran derrotadas, unas por el mal tiempo y otras por los indios. Y peor, Almagro, tras grandes esfuerzos de sus hombres y de los indígenas, logró extraer apenas una mísera cantidad de oro del estero Marga Marga. No valía la pena tanto sudor.
 Fue así como Valparaíso fue descubierto y no fundado. No hubo acta, como las leyes de la Corona Española exigían. El Valle de Quintil, llamado así por los changos, volvía a ser suyo; el valle y toda la tierra que se extendía desde la Punta Du Prat hasta Con- Con: Alimapupaís quemado.
 Tuvieron que pasar ocho años para que Valparaíso existiera legalmente, gracias a una carta – poder escrita el 3 de septiembre de 1544 por el gobernador de Chile, Pedro de Valdivia. En ella ordenaba a Juan Bautista Pastene  navegar por la costa desde Valparaíso hasta los confines de la Gobernación. – De nuevo nombro y señalo – decía la carta – este puerto de Valparaíso para el trato de esta tierra y ciudad de Santiago.
 A pesar de su nuevo status de puerto de Santiago, Valparaíso seguía siendo esencialmente Alimapu, un lugar salvaje, olvidado por sus conquistadores, con gobernadores que poco o nada tenían que hacer. Pero la suerte de sus nativos se vería interrumpida en 1550, cuando el capitán Juan Gómez, gobernador en ese entonces, decide matar a todos los changos de la zona con la excusa de una posible sublevación. El degüello y la hoguera arrasaron con la especie, escribiría Víctor Domingo Silva en 1910. El escenario fue tan cruento que los pocos españoles que vivían allí, en chozas y ramadas, se fueron retirando paulatinamente hasta que Valparaíso quedó abandonado.
 Sin embargo, aquel puerto seguía siendo el nexo entre Perú y Chile, los españoles se vieron obligados a repoblarlo. Y a medida que Valparaíso tomaba su perfil de ciudad se fue haciendo más atractivo para el saqueo de los piratas del noreste. Hay que recordar que las relaciones entre España e Inglaterra distaban de ser amigables, de ahí que las costas pacíficas estuvieran muy expuestas a estas visitas non gratas.
 El primer aparecido fue Francis Drake o el “Draque”, como comúnmente se le conoció. Llegó a bordo del Pelican, el 4 de diciembre de 1578, acompañado de cuatro barcos pequeños. De entrada, él y sus hombres tomaron un buque español y asesinaron a sus tripulantes. Atracó en el puerto y en tres días saqueó todo lo que encontró en el pequeño caserío de la playa, desde harina hasta oro. Tal fue su audacia que incluso robó dos botijas de vino y los vasos y ornamentos sagrados de la modesta capilla que el Obispo Rodríguez de Marmolejo había fundado en 1559, en el mismo sitio donde hoy está la Iglesia de La Matriz. – Después del desembarco de Drake, a la verdad, Valparaíso no volvió a existir como pueblo – reflexiona el historiador Vicuña Mackenna.
 Con aquella visita ilustre quedó claro que el puerto necesitaba protección, por lo que se formó una guarnición en la plaza. Así, cuando Richard Hawkins – Richarte – también inglés, decidió atracar en Valparaíso en abril de 1594, se encontró con resistencia. Esta llegó desde Santiago, a cargo del mismísimo gobernador Alonso de Sotomayor. Hawkins se vio en un callejón sin salida y tuvo que negociar su libertad, pero su temple de corsario pudo más y optó por quemar las naves apresadas y huir rumbo al Callao.
 Oliver Van Noort, holandés, se presentó el año 1600: venía a hacer justicia en nombre de su compatriota Dirich Gerritz. Éste había llegado con anterioridad a Valparaíso, con banderas blancas por encontrarse mal herido. Pero las autoridades del puerto lo habían tomado prisionero y enviado a las fortalezas del Callao. Noort en respuesta, atacó tres naves, asesinó a sus tripulantes a cuchillazos e incendió los barcos. Para entonces se había construido el Castillo de San Antonio e instalado una batería; sin embargo, a la hora de disparar, ésta no funcionó y Noort se fue sin siquiera pisar tierra, tan miserable le pareció.
 Quince años después, un 12 de junio, Valparaíso sufriría su primer bombardeo. El holandés Joris Spielbergen hizo cenizas las pocas casas que había en la playa, desembarcó con sus hombres, peleó contra la guarnición y se retiró hacia Quintero. Una vez más el puerto quedaba desolado y haciendo honor a su antiguo nombre: Alimapupaís quemado.

 

LA ALDEA OLVIDADA DEL FIN DEL MUNDO

El origen de Valparaíso marcaría el ritmo errático y poético que lleva hasta hoy: un lugar descubierto pero no fundado, un puerto saqueado por piratas, un pueblo originario que sólo buscaba disfrutar.

 
Juan de Saavedra no podía creerlo. Tras frotarse los ojos la bahía seguía ahí. El mar se divisaba a lo lejos, luego de un valle verde, frondoso, con árboles y arroyos que descendían hasta las arenas. Mientras más se acercaba al lugar más evidente era la semejanza. Aquella pequeña caleta de pescadores lo remontaba a su pueblo natal en las lejanías de España. La bautizó Valparaíso, en honor a aquel recuerdo. Era la primavera de 1536.
 
Diego de Almagro ya se encontraba en viaje de regreso al Perú, tras su accidentada expedición desde el Cuzco al fin del mundo, cuando llegó un tripulante del barco Santiaguillo, uno de los tres de su hueste, con alimentación y vestimenta para todos. Es entonces que Almagro recobra fuerzas y le ordena a su capitán alguacil, Juan de Saavedra, reconocer terreno. Podía ser la salvación: fue Valparaíso. Armaron  cuartel general allí y se enviaron expediciones por tierra y mar en dirección sur.
sanPEDROsantiaguillo
El Santiaguillo y el San Pedro, de la expedición de Diego de Almagro

En aquellas quebradas de canelos, maitenes, bellotos, peumos y palmeras vivían los changos. Eran indios pescadores que migraban de un lugar a otro según sus necesidades, gitanos de mar, para el historiador Vicuña Mackenna. Usaban balsas de cuero de lobo en la pesca y se alimentaban de frutos silvestres. A diferencia de muchos pueblos indígenas de la zona, no conocían la guerra, eran apacibles y sumisos. Les gustaba disfrutar de la naturaleza y cuando el viento traía bajas temperaturas, reanudaban su marcha hacia lugares más cálidos. La llegada de los extraños hombres de tez blanca tampoco gatilla en ellos una actitud bélica. Convivieron españoles y changos. Ni siquiera se los convirtió al catolicismo. Quizás los españoles no alcanzaron, porque pronto Almagro y los suyos se devolverían al Perú, luego de que las expediciones al sur volvieran derrotadas, unas por el mal tiempo y otras por los indios. Y peor, Almagro, tras grandes esfuerzos de sus hombres y de los indígenas, logró extraer apenas una mísera cantidad de oro del estero Marga Marga. No valía la pena tanto sudor.

 
Fue así como Valparaíso fue descubierto y no fundado. No hubo acta, como las leyes de la Corona Española exigían. El Valle de Quintil, llamado así por los changos, volvía a ser suyo; el valle y toda la tierra que se extendía desde la Punta Du Prat hasta Con- Con: Alimapupaís quemado.
 
Tuvieron que pasar ocho años para que Valparaíso existiera legalmente, gracias a una carta – poder escrita el 3 de septiembre de 1544 por el gobernador de Chile, Pedro de Valdivia. En ella ordenaba a Juan Bautista Pastene  navegar por la costa desde Valparaíso hasta los confines de la Gobernación. – De nuevo nombro y señalo – decía la carta – este puerto de Valparaíso para el trato de esta tierra y ciudad de Santiago.
 
A pesar de su nuevo status de puerto de Santiago, Valparaíso seguía siendo esencialmente Alimapu, un lugar salvaje, olvidado por sus conquistadores, con gobernadores que poco o nada tenían que hacer. Pero la suerte de sus nativos se vería interrumpida en 1550, cuando el capitán Juan Gómez, gobernador en ese entonces, decide matar a todos los changos de la zona con la excusa de una posible sublevación. El degüello y la hoguera arrasaron con la especie, escribiría Víctor Domingo Silva en 1910. El escenario fue tan cruento que los pocos españoles que vivían allí, en chozas y ramadas, se fueron retirando paulatinamente hasta que Valparaíso quedó abandonado.
 
Sin embargo, aquel puerto seguía siendo el nexo entre Perú y Chile, los españoles se vieron obligados a repoblarlo. Y a medida que Valparaíso tomaba su perfil de ciudad se fue haciendo más atractivo para el saqueo de los piratas del noreste. Hay que recordar que las relaciones entre España e Inglaterra distaban de ser amigables, de ahí que las costas pacíficas estuvieran muy expuestas a estas visitas non gratas.
 
El primer aparecido fue Francis Drake o el “Draque”, como comúnmente se le conoció. Llegó a bordo del Pelican, el 4 de diciembre de 1578, acompañado de cuatro barcos pequeños. De entrada, él y sus hombres tomaron un buque español y asesinaron a sus tripulantes. Atracó en el puerto y en tres días saqueó todo lo que encontró en el pequeño caserío de la playa, desde harina hasta oro. Tal fue su audacia que incluso robó dos botijas de vino y los vasos y ornamentos sagrados de la modesta capilla que el Obispo Rodríguez de Marmolejo había fundado en 1559, en el mismo sitio donde hoy está la Iglesia de La Matriz. – Después del desembarco de Drake, a la verdad, Valparaíso no volvió a existir como pueblo – reflexiona el historiador Vicuña Mackenna.
 
Con aquella visita ilustre quedó claro que el puerto necesitaba protección, por lo que se formó una guarnición en la plaza. Así, cuando Richard Hawkins – Richarte – también inglés, decidió atracar en Valparaíso en abril de 1594, se encontró con resistencia. Esta llegó desde Santiago, a cargo del mismísimo gobernador Alonso de Sotomayor. Hawkins se vio en un callejón sin salida y tuvo que negociar su libertad, pero su temple de corsario pudo más y optó por quemar las naves apresadas y huir rumbo al Callao.
 
Oliver Van Noort, holandés, se presentó el año 1600: venía a hacer justicia en nombre de su compatriota Dirich Gerritz. Éste había llegado con anterioridad a Valparaíso, con banderas blancas por encontrarse mal herido. Pero las autoridades del puerto lo habían tomado prisionero y enviado a las fortalezas del Callao. Noort en respuesta, atacó tres naves, asesinó a sus tripulantes a cuchillazos e incendió los barcos. Para entonces se había construido el Castillo de San Antonio e instalado una batería; sin embargo, a la hora de disparar, ésta no funcionó y Noort se fue sin siquiera pisar tierra, tan miserable le pareció.
 
Quince años después, un 12 de junio, Valparaíso sufriría su primer bombardeo. El holandés Joris Spielbergen hizo cenizas las pocas casas que había en la playa, desembarcó con sus hombres, peleó contra la guarnición y se retiró hacia Quintero. Una vez más el puerto quedaba desolado y haciendo honor a su antiguo nombre: Alimapupaís quemado.


Historia de Valparaíso

Valparaíso no fue fundado,
sólo nombrado por los españoles,
por allá por el siglo XVI.

Pequeña aldea olvidada, luego
puerto de la capital del Reino,
La ciudad de Valparaíso en 1871

Valparaíso creció lentamente,
sorteando ataques de piratas.

La Independencia de Chile
y el libre comercio decretado
son el impulso inicial
para que Valparaíso llegue a ser
puerto principal del Pacífico Sur,
con el Estrecho de Magallanes
como único paso entre los océanos.

Ciudad pionera y elegante,
polo comercial y atracción de
santiaguinos, pobres del campo
e inmigrantes de todo el mundo.

Valparaíso de los marineros
que vienen y se van, la loca
bohemia del puerto, que dicen,
era como llegar a Nueva York.

Pero se abre el canal de Panamá,
se descubre el salitre sintético,
cierran bancos y comercios y
muchos emigran. A Valparaíso
le dura el vuelo hasta que
la máquina reemplaza al estibador
y llega la crisis definitiva.
La ciudad empieza a caerse
a pedazos y se instala la pobreza.
Pero tal como se reconstruyó
tras bombardeos, inundaciones,
incendios y terremotos,
Valparaíso saca fuerzas.

Detenida en su esplendor,
la ciudad es valiosa a los ojos
de un mundo modernizado y global,
que busca la comunidad perdida,
el sabor de lo gastado,
la historia en los trazos de las ciudades.

Desde el 2003 la Ciudad de Valparaíso
cuenta con un Sitio Patrimonio
de la Humanidad y sus habitantes
ponen todo su empeño,
quieren creer que empieza
el renacer.